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Que fea es la envidia

¡Que defecto tan feo es la envidia! ¡Como sufren los que entregan su alma a este vicio! ¡Cómo ofenden a Dios estos señores! No se si sentir lástima por ellos o más bien ignorarlos para no perturbar mi espíritu. A fin de ocultar sus imperfecciones y bajos deseos, el hombre y la mujer envidiosos lanzan su veneno sobre sus víctimas en forma inmisericorde. Sus mentes retorcidas tienen un arsenal de dardos punzantes, efluvios malignos y ponzoñas que dañan cualquier acto de nobleza, opacan las actuaciones de las gentes, aplastan las flores con los pies, enredan en chismes a sus amigos con sus lenguas viperinas, lastiman los buenos sentimientos, sabotean las fiestas y celebraciones, siembran calumnias y falsos rumores, y lo peor de todo, dañan la moral de la sociedad castigando al virtuoso y premiando al malo.

Los envidiosos son seres enfermos, pusilánimes, hambrientos de poder, reconocimiento y riquezas que se creen merecerlo todo sin haber hecho nada para ganarse un lugar apropiado en la sociedad. El envidioso no acepta el triunfo ajeno. Cree firmemente estar más cerca de Dios que el común de los mortales. Sólo a él le esta permitido sobresalir por encima de los hombres. Son egoístas disfrazados de virtuosos. El envidioso está poseído por un amor enfermizo hacia él y sus seres más cercanos, que le hace ver el mundo de una manera errónea y distorsionada, lo cual le lleva a pensar, hablar y manifestarse en forma injusta. “Mis hijos son muy lindos, diría un envidioso crónico, se lo merecen todo: tener éxito en los estudios, graduarse con las mejores notas en el colegio y la universidad, optar a los mejores cargos, ser ricos, felices, famosos, chéveres,…etc”. Hasta aquí no hay nada malo en esta forma de pensar. Pero la realidad choca con sus pretensiones, pues sus hijos no logran alcanzar las metas soñadas. Entonces, el envidioso sufre en silencio, se lamenta, para luego llenarse de ira y exclamar a los cuatro vientos “!Oh, Desgracia!, el hijo del vecino se ha graduado de bachiller con buenas notas.

Que fea es la envidia
Se está cometiendo una injusticia conmigo. ¡Que suerte tienen los demás! Esas buenas calificaciones eran de mis hijos. Ese muchacho no se merece semejante distinción.” Luego lanza sus dardos contra los profesores, arremete en forma harto cruel contra el colegio, despotrica del el sistema educativo, culpa a la sociedad, se ensaña contra el pobre hijo del vecino…etc. Pero no se da cuenta que con esto no soluciona sus problemas. Al contrario, la inquina, los malos pensamientos y el odio lo hacen enfermar y van dañando su alma. El veneno que produce se vierte dentro de su ser. ¡Cada día se aleja más y más de la felicidad!

Todos hemos tenido envidia de alguien en algún momento de nuestra vida. Debemos arrepentirnos de semejante pecado. ¿Cómo evitar la picada dolorosa del gusano de la envidia? ¿Cómo proteger nuestra piel de su irritante pelusa para quedar indemnes? Para curarnos de la envidia debemos ser humildes y aceptar las diferencias entre los seres humanos. Esto no significa dejarse vencer pasivamente por las dificultades de la vida y no hacer nada ante el fracaso, para caer en un estado de indolencia, pobreza espiritual, falta de autoestima y abandono. Se trata de reconciliarnos con la realidad y aceptar como un hecho la existencia de seres humanos que son más inteligentes, más bellos y más exitosos que nosotros.

Después de haber hecho esto, aprendamos de ellos para elevarnos cada día un poco más. Aceptar el triunfo de nuestros oponentes y reconocer nuestras fallas y debilidades, es dar un gran paso en la vida. Lo importante no es llegar el primero en una competencia, sino, saber que nos hemos entrenado a conciencia, con constancia y perseverancia, y hemos dado lo mejor de nosotros mismos para llegar a la meta.


Francisco Rivero Mendoza
Fuente: archivo PDF

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