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oso cavernario
El oso de las cavernas, esa imponente bestia de dos metros de alzada en cuyos huesos fósiles los europeos de siglos anteriores creyeron ver la prueba de la existencia de los dragones, convivió sin conflicto con los primitivos pobladores de la Península durante más de 300.000 años; de hecho, en Atapuerca (Ver museo de Burgos), humanos y osos se alternaron en el uso de la cueva por miles y miles de años. Que ambos ocuparan el mismo nicho ecológico -cuevas emplazadas en zonas calcáreas boscosas- no impidió una coexistencia sostenida en la mutua indiferencia.

Pero en los últimos 20.000 años el statu quo se quebró, y hacia 11.000 antes de Cristo la especie había desaparecido de España y el resto de Europa. ¿Acaso los hombres del paleolítico, antepasados de los españoles, se aficionaron un buen día a su caza o descubrieron su uso como alimento? No; contra lo que suele creerse, "los cazadores del paleolítico no se arriesgaban a atacar a un animal tan peligroso; les resultaba más rentable perseguir caballos o venados. La caza por placer la descubrieron los hombres del neolítico, hacia 7.500 antes de Cristo; pero para entonces el oso de las cavernas ya estaba extinguido", explica Trinidad de Torres, paleontólogo dedicado desde hace veinticinco años al estudio de esta especie y actualmente profesor de Paleontología en la ETS de Ingenieros de Minas de la Universidad Politécnica de Madrid.

¿Quién fue el responsable de la desaparición de esta especie conocida como Ursus spelaeus? En primer lugar, el cambio climático de la última era glacial: el enfriamiento, al aumentar la aridez, trajo consigo una relativa desertización, menguando la vegetación de la que se alimentaba."A diferencia del oso pardo, capaz de cazar y pescar, el de las cavernas se nutría de carroñas ocasionales y vegetales; su dieta le hacía vulnerable a los cambios en el medio ambiente", relata Torres. Y añade: "Se comportaban de forma similar a los osos actuales: eran criaturas extremadamente tímidas y rehuían la vecindad humana".

Lo cual resultó fatal para ellos. La mejora tecnológica del paleolítico superior fomentó un aumento demográfico de las poblaciones humanas. "Una cueva de oso significa un lugar amplio, próximo a una fuente de agua, protegido del frío y, por tanto, óptimo para ser ocupado por el hombre", dice. Fue el golpe de gracia: cercada, la especie disminuyó de número hasta quedar por debajo del mínimo necesario para la reproducción, y se extinguió.

Así se presenta el estado actual de los conocimientos acerca del Ursus speleaus, dice Torres. Él y el oso de la caverna son viejos conocidos. Su relación data de sus años de estudiante, cuando practicaba la espeleología y en una exploración se topó con su primer oso en de la cueva del Reguerrillo, en Torrelaguna, en estado fósil afortunadamente. "No se trataba de un hallazgo excepcional. Los espeleólogos siguen encontrando huesos, sobre todo de osos extraviados en los vericuetos de las cavernas", comenta.

Luego siguió la, especialidad de paleontología, tomándose en cazador de osos extinguidos, y se dio el gusto de marcar un jalón en el registro fósil de la especie humana, al descubrir en la Sima de los Huesos de Atapuerca, junto a restos de más de 50 osos, la primera mandíbula del Hombre de Atapuerca. "Las dos especies se turnaban en el uso; los osos la ocupaban en invierno, para hibernar; los hombres, en verano", aclara Torres.

Afortunadamente para los especialistas, en materia de fósiles de Ursus spelaeus Europa nada en la abundancia. "Su gran número permite aplicar métodos matemáticos y obtener una visión estadística de la morfología de la especie, por encima de las variaciones individuales". De los datos estadísticos se infiere, por ejemplo, que "su dentadura, cubierta de un esmalte demasiado fino, no, se hallaba a la altura de las exigencias del entorno. Al arrancar tubérculos y otras raíces, el oso de las cavernas masticaba tierra y arena, los cuales desgastaban precozmente sus dientes, privándole de un instrumento clave de supervivencia".

En el examen de piezas dentarias Torres ha notado una alta frecuencia de patologías dentales, las cuales, al obstaculizar la ingesta de alimentos, conducían al animal a la muerte por inanición o falta de reservas durante la hibernación. De aquí el veredicto lapidario: "El oso de las cavernas se especializó en un tipo de alimentación y no pudo reaccionar al cambio del medio. Fue un fracaso de la evolución". La especie salió del escenario sin dejar descendencia.

oso pardo actualEl oso pardo actual (Ursus arctos) pertenece a otra línea evolutiva, y eso se aprecia en su inferior tamaño y peso (250 kilos, frente a los 800 del Ursus spelaeus). La tragedia de su pariente no afectó su vida, al menos por unos miles de años. Hasta el siglo XVI los osos pardos colonizaron la Península desde Asturias a Gibraltar, pasando por Madrid; luego, la caza con armas de fuego y la deforestación les forzó al repliegue que les ha situado al borde de la extinción.

Restos de oso pardo conviven pacíficamente con fósiles de osos prehistóricos en la colección depositada por Torres en el Museo Histórico Minero Don Felipe de Borbón y Grecia de la Escuela de Minas de Madrid, del cual es director. Su presencia allí obedece a fines docentes y comparativos con los huesos guardados en vitrinas donde se lee: "extinguido". Mas no parece improbable que en unos años el Ursus arctos conozca en carne propia la fatídica suerte corrida por el oso de las cavernas. A la vista de la precaria situación del oso pardo en España -apenas subsisten unas decenas de especímenes-, sólo una urgente toma de conciencia ciudadana podrá evitar que se repita con éste el desencuentro entre el oso de las cavernas y la especie humana, reflexiona Torres con preocupación; de lo contrario, el oso pardo pasará a compartir el estatuto de extinto con Ursus spelaeus.

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Fuente: elpais

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