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corte de digestión

Quienes ya cuenten con algunos años, recordarán como nuestros padres nos advertían insistentemente sobre la necesidad de esperar las “tres horas” reglamentarias, después de las comidas, antes de poder volver a bañarnos en playas o piscinas. Este margen fue relajándose con el tiempo, primero a “dos horas” y por último a “una hora”.

Posteriormente llegó la negación. El “corte de digestión” era un fraude, no existía. La digestión no se veía afectada por el hecho de que nos metiéramos o no en el agua. Hoy es frecuente que se manifiesten los dos bandos, los que sí creen en dicho corte de digestión, y los que no.

Pero, ¿Existe, o no existe? Si interpretamos la expresión de forma absolutamente literal, podemos afirmar que tal corte no existe (posteriormente haré algunas puntualizaciones). Los procesos bioquímicos que se siguen en el interior del estómago no se paran, si no que siguen su curso. En este sentido estricto no hay corte de digestión.

Sin embargo, de forma periódica y en especial en verano, aparecen en la prensa noticias de muertes atribuidas al famoso “corte de digestión”. ¿Cómo debemos interpretarlo?

corte de digestión

En realidad estamos ante un cúmulo de factores, más que ante un hecho concreto y único. Por otra parte la relación del hecho luctuoso (generalmente cuando aparece en prensa es porque el incidente ha desembocado en tragedia y hay muertos por en medio) con el agua es en parte casual, quiero decir que la indisposición puede darse sin mediar el consabido baño, pero es cuando se da este, cuando existen más posibilidades de final trágico.

Para entender la situación, desglosemos los dos hechos fundamentales que inciden en la manifestación de este proceso de crisis. Por un lado el llamado síncope de hidrocución, más amplio que la relación comida-baño, ya que puede darse sin necesidad de haber comido. Un ejercicio lo suficientemente intenso o la exposición al sol que provoque un grado elevado de calor corporal, seguido de una inmersión en agua fría es suficiente para desencadenarlo. Introducirse en el agua después de una comida, especialmente si esta es copiosa, es un caso más de este tipo de síncope. El proceso que lo explica tiene que ver con la forma que reacciona el cuerpo ante los cambios de temperatura, con lo que en realidad estaríamos ante un caso particular de síncope vasovagal relacionado especialmente con los cambios de temperatura y cuya causa sea la inmersión en el agua.

En el caso concreto de la hidrocución, podemos definir dos pautas, la inmersión del cuerpo que desencadena lo redistribución de la sangre para hacer frente al cambio drástico de temperatura y la inmersión de la cabeza, que tiene por efecto una disminución en el ritmo cardíaco y descenso de la presión arterial. Si la reacción es muy intensa, en relación directa con la magnitud del cambio térmico, puede llegar a provocar, en casos raros, parada cardíaca.

En el caso concreto que relaciona la hidrocución con la comida, hay un hecho relevante, la concentración de sangre en el aparato digestivo, lo que puede amplificar los desequilibrios en el control térmico del cuerpo. De menor a mayor, y por tanto de frecuente a infrecuente, los efectos son: malestar generalizado, mareo, pulso débil, sudoración, palidez, vomito, descenso de la presión arterial, perdida de conocimiento, parada cardiorrespiratoria, aunque este último caso es altamente infrecuente.

Esta situación de crisis puede darse con independencia de la inmersión en agua. Beber un líquido muy frío puede desencadenarla igualmente y, en general, cualquier cambio brusco de temperatura al que el cuerpo deba adaptarse, por ejemplo un golpe de calor.

corte de digestión

No obstante si analizamos los efectos antes detallados, comprenderemos porque es mucho más frecuente que desemboquen en tragedia aquellas situaciones relacionadas con la inmersión en agua. No es necesario que la crisis llegue al caso infrecuente de parada cardiorrespiratoria, basta una pérdida de conocimiento o, incluso, un simple mareo para que el afectado se ahogue, con lo que una crisis que pasaría sin más consecuencias fuera del agua, allí resulta mortal.

Las puntualizaciones a que citaba al principio hacen referencia al hecho que, aun cuando no puede hablarse de una interrupción de la digestión, si es cierto que, en algunos casos, puede desencadenarse vomito y posterior diarrea, lo que de alguna forma si implica que la digestión se ve afectada por la crisis.

En cuanto al periodo de seguridad antes de introducirse en el agua, no existe una regla fija. Es evidente que no es lo mismo comerse un sándwich que una fabada seguida de un gran postre, y todo regado con generoso vino. Si en el primer caso media hora es suficiente, en el segundo, las clásicas tres horas nos van a resultar cortas. También es diferente la forma en que las personas realizan la digestión. En unas es más rápida que en otras. Otra cuestión a tener en cuenta es la diferencia de temperatura a la que nos enfrentamos. Cuanta mayor sea esta diferencia, más probabilidad de síncope. En todo caso es preferible introducirse lentamente, facilitando así la acomodación del cuerpo a la temperatura del agua.


Fuente: archivo PDF

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  1. A nosotros de chavales nos hacian esperar dos horas nuestros padres antes de podernos volver a bañar. Que anda que no nos fastidiaba.

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