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Festival Cochambre de Burgos

En 1975 el rock vive en la catacumbas, se mueve en los entornos underground, se nutre de hippies, progres, idealistas, músicos que sueñan con reencarnarse en The Beatles o en The Rolling Stones, antifranquistas, marginales, libertarios, izquierdosos, gente creativa que encuentra en las guitarras que cortan como una astilla de vidrio la mejor manera de escupir a una realidad opresora, que se expresa en inglés como medio beligerante de burlar la censura. Ser rockero en España es casi considerada una actividad punible. Llevar el pelo largo y mostrar disidencia en la forma de vestir es exponerte a que cualquier ciudadano se arrogue el derecho de insultarte por la calle impunemente. Dejarte barba de náufrago o mostacho y embutirte en pantalones pata de elefante es saber que estás bajo sospecha.

Las cadenas comerciales de radio ponen gesto de fusilado si alguien les habla de rock. Sólo el francotirador Vicente Mariscal Romero se atreve a pinchar música rockera, a introducir en la España dictatorial a grupos y gente como Led Zeppelin, Yes, Deep Purple, Who, Frank Zappa, The Doors, Janis Joplin, Santana, Dylan, Hendrix. Sus programas poseen influencia mediática y son savia nueva entre los sonidos apolillados que emite la radio. «Ponía a esos grupos apunta el propio Mariscal—, pero también toda la Trova Cubana, lo que sacó Pelayo con Gong. Programaba una simbiosis entre el rock y el cambio. Al final me echaron porque decían que ponía música vikinga.» En aquellos años la escena underground pasa del pop huero defendido por grupos insulsos y melifluos cantantes melódicos y empieza a fijarse en un nuevo sonido que incluye guitarras rasposas y sobre todo conceptos intelectuales y retratos costumbristas. Empezará a gatear bajo el nombre de «El Rollo». Promovido por Mariscal Romero, ese año Gong edita el primer volumen del mítico «Viva el Rollo» en el que aparecen unos primerizos Burning cantando en inglés, The Moon, Volumen, Indiana, Tílburi y el propio Mariscal. Nace una plétora de grupos aguerridos como contrapunto a esas otras formaciones que facturaban música fácil y ajena a la realidad, música que se pegaba enseguida y que recibe el calificativo de «música chicle».

Cochambre Burgos

En Burgos se celebran «Las primeras 15 horas», un macrofestival que en la plaza de toros de la ciudad castellana reunió a las bandas rockeras más ilustres del momento. Allí desempolvan su repertorio entre otros Bloque, Triana, Burning, Tílburi, Eva Rock, Hilario Camacho, Alcatraz, La Companyia Elèctrica Dharma, Storm, Orquesta Mirasol, Iceberg, y así hasta diecisiete grupos. Es el sábado 5 de julio de 1975. En los días previos la conservadora ciudad había mostrado su desagrado por el evento. Se temía una avalancha de vándalos, hippies, holgazanes, pendencieros, gente de mal vivir, sucia y desaliñada, enemistada con la higiene, de moral laxa y costumbres licenciosas. Aquel sábado el rotativo La Voz de Castilla titula en primera plana y a cuatro columnas un ofensivo titular para describir el festival: «La invasión de la cochambre». Probablemente se trate del primer titular referido al rock que aparece en la portada de un periódico español.

El festival congrega a cuatro mil personas que se plantan en la plaza de toros con macutos, bocatas y ganas de escuchar música progresiva. El festival empieza a las doce de la mañana del sábado y concluye a las tres de la madrugada del domingo. Nada destacable, no acudió a la cita ni uno solo de los miedos de la conservadora ciudadanía. El festival provocó cierto descalabro económico y constató que el rock español aún no provocaba el suficiente poder de convocatoria, pero dejó para la posteridad el impagable titular de prensa. La cochambre pasará a ser una etiqueta y una manera de designar las cosas muy utilizada por los grupos a partir de ese día. El 26 de ese mismo mes de 1975 se celebra la mítica Primera Edición del Festival Canet Rock. En la localidad costera de Barcelona se reunen cuarenta mil personas en un evento de fuerte carácter contracultural, hippy y antifranquista. En septiembre un agonizante Franco desde su lecho de muerte todavía firma fusilamientos sin que le tiemble la mano. Morirá el 20 de noviembre. Dos días después su sucesor, decidido por él mismo el 22 de julio de 1969, es proclamado Rey. Juan Carlos de Borbón pasa a ser el Jefe del Estado.

Cochambre en la plaza de toros de Burgos

Con la muerte de Franco aparece con desatado entusiasmo el rock para aunar ansias libertarias y sobre todo como símbolo de ruptura con la cultura convencional imperante. Si la canción protesta se nutre del compromiso político, el rock se consagra como estandarte del compromiso social con nuevas poéticas y nueva retórica urbana. Es un movimiento que aglutina a gente díscola e irreverente. Un corte de mangas a lo establecido. Nace con la consigna de no parecerse a lo anterior, de sacarle la lengua a lo conservador y lo pacato. La ciudad de Madrid se convierte en la auténtica anfitriona de este barril de pólvora a punto de explotar. En su libro Heavy Metal (Cátedra, 1992), Francisco J. Satue da su visión de los hechos: «¿Fue la lenta agonía de Franco la causa indirecta del desgaste de una canción con mensaje incorporado y a la larga, aburrida, profundamente aburrida, destinada a enardecer masas martirizadas por el sangriento, grosero autoritarismo? Es más que probable. En cualquier caso, tras la poética de la resistencia surgió la protesta a ritmo de rock.» Salvador Domínguez en el epílogo de su libro Bienvenido Mr. Rock (SGAE, 2002) narra lo crucial de ese año: «En 1975, a pesar de la hegemonía de los cantantes melódicos, ataviados con trajes, corbatas, y una toalla para marcar paquete, la música en España evolucionaría a la búsqueda de unos conceptos propios, que la han llevado hasta su estado actual... En los quioscos empiezan a verse nuevas revistas como Popular 1 y Vibraciones, con lujosos formatos y cuidadas fotografías. Pero lo más sobresaliente de todo fue que, de entre las miles de catacumbas esparcidas por todo el territorio español, salieron a la luz una serie de agrupaciones que desvelaron al público un abanico de infinitos colores y posibilidades musicales.»

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Extraído de: La prehistoria, 1972-1976
Fuente: archivo PDF

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